Página de José Manuel García Marín

Página de José Manuel García Marín

La intención, al abrir este nuevo blog, es guardar en él relatos completos, míos o ajenos, para quienes quieran leerlos en su totalidad. Desde el blog principal pondré un vínculo a éste en aquellos artículos que, por su extensión, sea aconsejable.

miércoles, 8 de abril de 2009

La espada de Miramamolín

En estos momentos, en los que la crisis económica flamea amenazadora y victoriosa y parece amargar cualquier orden de la vida, es necesario evadirse echando mano de placeres como el de la buena literatura, uno de los mejores, duraderos y baratos que conozco. Por fortuna, aún hay escritores que escapan al simple entretenimiento, capaces de narrar una historia con enjundia en el contenido y sabor en la palabra. Este es el caso de Antonio Enrique quien, con esa reconocida calidad suya, nos brinda ahora un nuevo título: «La espada de Miramamolín», publicado en Roca Editorial.

El personaje principal de esta novela histórica, don Carlos Fernando de Austria, hijo natural de Felipe IV y, por tanto, hermanastro de Carlos II «el hechizado», relata sus días desde el instante en que es enviado (exiliado, en realidad) a Guadix, con un acta de canonjía seglar por designación regia, en compañía de su hija, Mariana; ocasión ésta en la que el rey le regala la espada con que jugaban en la infancia, justo antes de su partida.

A través del canónigo se describe todo el paisaje de la época, tanto del Alcázar de los Austrias, con una Corte poblada de personajes extraños, comenzando por el propio monarca, en un ambiente enrarecido por las intrigas y el consumo de láudano, como el de Guadix, poderosa sede episcopal, donde se acumularon fuerzas clericales para estrangular las esperanzas moriscas de aquellas tierras, con el beneplácito y cooperación de la retorcida sutileza inquisitorial.

Del rey hechizado, el autor, a base de profundizar en el estudio de los innumerables datos con que se ha documentado, elabora un perfil psicológico estrechamente unido al físico, del que ofrece tan detallada relación que se hace inevitable la aparición de su figura, de su imagen viva, en la mente del lector, con independencia de la voluntad de éste. Y es que, como Antonio Enrique asevera: «La atmósfera -el sabor, el entorno, el olor- es imprescindible; si no, es leer en crudo. Hay que ‘instalarse’ en el pasado...». De este modo viene a lograr, cuando se le antoja preciso, que determinadas escenas huelan a cortinajes de terciopelo añoso, a tapices, alfombras y a cámaras y antecámaras poco o mal ventiladas; que se llegue a sentir la pesantez del aire palatino, a cuya densidad no sólo se refiere, sino que compara con un espíritu viviente.

La novela, además de la estructura propia de su género, contiene un detonante, un contraste y un eje de simetría. El detonante es el argumento que le sirve de base: la ocurrencia de repetidos episodios en los que se escucharon lamentos o gritos en campo abierto y que, al acudir las gentes, nunca se encontró a nadie. Es conveniente advertir que estos sucesos están recogidos en el Archivo Histórico Nacional y que, dado lo inexplicable del fenómeno, el Santo Oficio sospechó que se debía a moriscos recalcitrantes, que volvieron tras la expulsión. Averiguar el asunto es el difícil papel del personaje principal.

El contraste está representado por la ensambladura de extremos que se dirían contrarios y que son, sin embargo, convergentes. Irenea, la jovencísima hija de Azucena, la sirvienta, llamada también la «hija del querubín», pequeña, morisca, aniñada y de baja condición social, con el canónigo, mayor y de sangre real, en sublime y casta simbiosis. Una relación quimérica que, precisamente por ello, despierta inquietud e interés.

El eje de simetría, en imaginaria presencia, se asienta sobre el paralelismo de lo acústico de los lamentos ilocalizables, equiparado con la mirada del espejo de «Las meninas», de Velázquez, cuadro en el que el autor se detiene para subrayar la trascendencia del punto de fuga y la amplitud de la circunvisión del pintor, capaz de contener al espectador. Los gritos no se dan donde suenan, y, en el espejo, los personajes están fuera del lienzo. Acaso pudiéramos considerar este brillantísimo recurso, como una respuesta literaria a la plástica del famoso cuadro.

Como consecuencia del espléndido dominio de los elementos de fondo: ropajes, calzados, muebles, alimentos y usos, seglares o eclesiásticos, del siglo XVII, unido a su magnífica prosa cincelada, si es importante lo que relata, tanto o más es cómo lo relata. Por dichas razones, «La espada de Miramamolín» no es un libro para leer en el avión; es una novela de viejo sillón de cuero con orejas, despaciosos sorbos de buen coñac en copa caliente y gruesos leños ardientes en la chimenea, sumidos, plácidamente acomodados, en la elegancia de la lentitud.



domingo, 15 de marzo de 2009

El puente "IKEA" de Córdoba


Informe de ICOMOS sobre el puente romano de Córdoba. Como puede leerse al final del mismo, se conmina a las autoridades en general a que se comuniquen futuros proyectos antes de que se comiencen las obras, y no cuando éstas están ya muy adelantadas y no tienen solución. Este informe, sobre la barbaridad realizada en dicho puente, hecho con posterioridad, trata de defender la estupidez con argumentos peregrinos, quizá para apaciguar la indignación ciudadana de los cordobeses (aunque no es necesario ser cordobés para indignarse), que han visto cómo un símbolo de su patrimonio (que es de todos) ha quedado convertido en un monumento a la idiotez y al mal gusto.
El informe puede leerse en este vínculo:
http://media.grupojoly.com/0000023500/0000023552.pdf

viernes, 27 de junio de 2008

Crítica en La Opinión de Granada, por Carlos Navarro

Sábado, 7 de junio de 2008 La Opinión de Granada

La magia de la Alhambra

Después del triunfo alcanzado con 'Azafrán', el escritor malagueño José Manuel García Marín se propone en su nueva novela transmitir, a través del minucioso recorrido por uno de los rincones más cautivadores del Generalife, la atmósfera sagrada e inconfundible que consiguieron crear los nazaríes.

Ascender por el agua

Una recreación de la Granada nazarí permite, a través de un rincón señalado del conjunto de la Alhambra, desentrañar un mito del arte

Carlos Navarro

Si se visita el Generalife, casi al final del recorrido, el encuentro con la escalera que asciende hasta el Mirador romántico deja huella imborrable en el recuerdo. Este ascenso es una mezcla perfecta entre funcionalidad, mística y arte.

Desde hace tres años se espera­ba como agua de mayo la siguiente obra de un autor malagueño apa­sionado por la temática andalusí. Su anterior novela, `Azafrán', fue un éxito de críticas y ventas, describiendo con profusión de detalle variados en­tornos del Al-Ándalus del siglo XIII. La espera ha terminado, y ha me­recido la pena.

`La Escalera del Agua' narra la com­plicada existencia de un joven de Las Hurdes, que se ve abocado a un viaje sin retorno en la España de la posguerra en busca de algún futu­ro, huyendo de su pasado inmedia­to -comete un asesinato al defender a su hermana de un violador- mien­tras trata de recuperar las huellas de su pasado más lejano -desciende de los moriscos expulsados de sus tie­rras en los siglos XVI y XVII-. Tal viaje iniciático llevará al personaje protagonista, Ángel Castaño Cres­po, desde una recóndita comarca cacereña a Toledo y a Granada.

La estructura de este libro es bas­tante sencilla. Se divide en seis ca­pítulos, en cinco de los cuales se nos muestra la evolución del personaje y su entorno durante el siglo XX: su analfabetismo inicial, su posterior formación tanto intelectual como humana en el Convento de San Juan de los Reyes, y el ilusionante des­cubrimiento del amor, así como su formación y crecimiento en el ám­bito laboral.

En los capítulos restantes nos en­contraremos con la huida de los ancestros del protagonista tras la ini­cial expulsión de los moriscos de Gra­nada en el siglo XVI y el posterior edicto de 1609. Tras una apresura­da salida de Talavera de la Reina en una peregrinación forzosa en busca de Portugal, optan por asentarse en Las Hurdes con la esperanza vana de que la persecución que sufren lle­gue a su fin.

Cabe destacar la inmersión en la trama a la que se ve arrastrado el lec­tor en algunos pasajes del libro. En concreto, el capítulo inicial, que des­arrolla la miserable vida que lleva la familia del protagonista y sus co­nocidos en Las Hurdes, es de una ri­queza y de un gusto por el detalle de gran calidad, algo que se tiende a ob­viar en bastantes relatos actuales de supuestos grandes autores.

Asimismo, también es muy des­tacable el capítulo dedicado al éxodo de los moriscos del siglo XVII que les conduce a Las Hurdes. García Marín recrea con una prosa exqui­sita, preñada de términos enrique­cedores, tanto el inclemente entor­no que envuelve a la comitiva como a los propios protagonistas.

Gran parte de la evolución per­sonal del personaje central se des­arrolla en Toledo, ciudad a la que el autor homenajea en esta obra con deslumbrantes descripciones, que hacen realmente sencillo sentirse paseando por el casco antiguo de la ciudad imperial.

Granada también tiene su parcela en esta obra, aunque con menor de­talle, sobre todo mediante la Alhambra. De hecho, el título de este libro hace referencia a una zona con­creta en el Generalife. En cuanto a los personajes, son atrac­tivos, están suficientemente bien des­arrollados y aportan una enorme so­lidez al conjunto.

Al acabar de leer La Escalera del Agua, el lector recibe dos mensajes. El pri­mero, la tremenda injusticia que se cometió con los moriscos en España: verdaderos españoles aunque de religión musulmana. El segundo, la capacidad de superación del ser humano, en este caso el protagonista, Ángel Castaño. Y un añadido: cuan­do terminas el libro también tienes la sensación de que has aprendido mucho, tanto de historia como de lé­xico antiguo.

En resumen: una novela históri­ca bien documentada, que no pre­tende ser absolutamente fidedig­na, relativamente fácil de leer, en­tretenida y enriquecedora, con algunas licencias a la divagación que no desmerecen en absoluto el re­sultado final.

Si les gustó `Azafrán', `La escale­ra del agua' les parecerá una lectu­ra más completa, más desarrollada e incluso más amena. Si no leye­ron dicho libro, al terminar éste pro­bablemente tengan ganas de leer el anterior.

lunes, 12 de mayo de 2008

Presentación de La escalera del agua, por José Luis Serrano


Les presento a un escritor

Dotado de un instinto proverbial para captar las luces subterráneas, José Manuel nos ha traído en esta segunda novela no tanto el peso de lo que fue El Ándalus, sino el pálido pero difundido resplandor de lo andalusí hoy. No tanto una nación de tantas extinguidas por el vendaval de la historia, sino una de la pocas civilizaciones que nos constituye. Somos andalusíes como somos griegos y pocos adjetivos nacionales o identitarios me atrevería yo a añadir a estos dos. Sin embargo, a pesar de esta fuerza telúrica de El Ándalus (o acaso por ella) es preciso un zahorí para encontrar las aguas subterráneas en este siglo. Y García Marín demuestra por segunda vez -ya lo hizo en Azafrán- que tiene el poder de la rabdomancia. Les pondré un ejemplo de la rabdomancia del escritor malagueño.
Podemos proponer tres miradas sobre la escalera del agua del Generalife. La primera diría que sirve para comunicar el palacio con un pequeño oratorio situado en lo alto de la colina. Había que hacer una escalera y un alarife la hizo.

Una segunda mirada nos mostraría ya la escalera del agua con su elemento cultural añadido a lo funcional: el ascenso desde el palacio al oratorio está interrumpido y suavizado por dos descansillos de planta circular con fuentes bajas en su centro, está acompañado por unos pasamanos que son dos canales encalados hechos de teja y ladrillo por los que baja el agua de la acequia real y está cubierto y refrescado por una bóveda de laureles. La escalera servía así para las abluciones previas a la oración y, de esa manera, se convertía en el sahn que toda mezquita requiere. Desde esta segunda mirada veremos pues que la escalera de agua es toda una lección arquitectónica de lo que fue nuestra cultura en siglos pasados: la cultura capaz de hacer con elementos baratos un templo de armonía.
La tercera mirada es la de José Manuel García Marín. No lo cuenta en la novela, pero una mañana del pasado otoño nos lo explicó a Andrés Sopeña y a mí. José Manuel ha observado que si en cada escalón nos detenemos y acercamos el oído al pasamanos por el que desciende el agua, oiremos una escala menor natural: la si do re mi fa sol la. No es sólo cultura que suaviza el ascenso, es una civilización discreta y profunda que parece tutear a los dioses. En algunos escalones notaremos que no se oye la nota que esperábamos oír. Hay dos explicaciones: la primera recordaría que todo alarife nazarí cometía pequeños errores de cálculo para dejar la perfección a Dios. La segunda diría que la escalera del agua ha sido sometida en los últimos siglos al torpe toqueteo de humanos que en ningún caso alcanzan a intuir ni siquiera esta tercera mirada.
Terminaré diciendo que es más fácil presentar un libro que presentar a un escritor. Los libros hablan por sí y de lo que habla cada libro es fácil volver a hablar. Con los escritores parece que nos quedara el camino fácil de la biografía, pero no es así. Primero porque la biografía es un género literario difícil de cultivar y que dice más del biógrafo que del biografiado y, segundo, porque no está claro que a la literatura le interese para nada el yo biográfico del autor. Así que, sin más, de la misma manera que hace dos años presentamos un libro Azafrán, ayer en el mismo lugar, presentamos a un escritor: José Manuel García Marín.

jueves, 17 de abril de 2008

Presentación de "La escalera del agua", por Luis Eduardo Siles, en Huelva


MORISCOS DE BUENA PROSA

La discusión se ha insta­lado en torno al futuro de la novela en España. Eduardo Mendoza asegura que “se está acabando la época de la literatura de sofá”. Y José María Guelbenzu for­mula una advertencia: “En la novela existen señales claras de cambio, estamos esperando a los bárbaros”. El propio José María Guelbenzu afirma que “antes se escribía desde el co­nocimiento y ahora se escribe desde la información”. Y en medio de todo está la polémi­ca sobre lo que se ha denomi­nado `novela mestiza'.

José Manuel García Marín, autor de 'La escalera del agua', ha escrito una nove­la/novela, entendiendo por ello el cuidado por el estilo, una estructura tradicional del relato y una inmensa capaci­dad de narrar.

Porque José Manuel García Marín, efectivamente, narra, cuenta historias, una cualidad que se está perdiendo. Y en esa capacidad narrativa se ad­vierte la amplia formación de escritor de García Marín forja­da en base a muchas y buenas lecturas, entre otras cosas de novela histórica, género al que pertenece `La escalera del agua', y también de los clási­cos. Porque Ángel, el protagonista de “La escalera del agua”, un mu­chacho de 14 años, podría haber sido un pícaro, de hecho en su peripecia en sole­dad por los campos de Extre­madura tirando de un burro cargado de madera se las tiene que ingeniar como buenamen­te puede para comer algo, pero finalmente vence en su vida el afán enorme de apren­dizaje, de saber, sobre otras fórmulas más sencillas y menos decorosas de matar el hambre. Ángel es el antipíca­ro, aunque esté recreado por el autor con un estilo, en oca­siones, picaresco.

La novela está viva. Los per­sonajes pasan calor, como en el episodio de los moriscos, y el lector termina por sentir ese calor. Para ello, ya está dicho, el autor se vale de la buena es­critura, de un relato realista con algún hermoso despunte mágico, y de unas excelentes descripciones. Como la que en­contramos en la página 115, por ejemplo: “Los del pueblo lanzaban ojeadas curiosas a los extraños; pero un hombre, larguirucho, cenceño y nervio­so, observaba a .Alonso con in­sistencia, desde su mirada ma­liciosa, bajo las crecidas cejas. La boca abierta, bobalicona, detenida en una mueca estúpi­da. Era Nemesio, más conoci­do como el Jineta por las ca­racterísticas físicas que insinua­ba el remoquete”.

José Manuel García Marín nace en Málaga en diciembre de 1954 y desde hace cinco años se dedica por entero a la literatura. Es un consumado especialista en la historia de ‘Al Andalus’, al que dedicó su primer libro, el ensayo titulado `Al-Hamrá. Pero despuntó como autor con la novela ‘Aza­frán’ (Rocaeditorial 2005), con la que alcanzó cinco ediciones y obtuvo un éxito muy supe­rior al que se esperaba. `La es­calera del agua' es, pues, su tercer libro.

José Manuel García Marín escribe desde el conocimiento: Desde el estudio. Sin duda se trata, repetimos, de un gran lector, que traduce sus conoci­mientos a un espléndido cas­tellano clásico: En los diálogos y en unas descripciones riquí­simas. La lectura de `La esca­lera del agua' nos ha permiti­do descubrir a un autor. En el pleno sentido de la palabra. En el que Whitman, refirién­dose a uno de sus libros, dijo: “Esto no es un libro, quien vuelve sus páginas toca a un hombre”.

Luis Eduardo Siles

viernes, 7 de marzo de 2008

Presentación de La escalera del agua, por Antonio Garrido Moraga


La memoria del destierro

Existe un lugar físico, una colina, un espacio mágico que es mito en el imaginario de millones de personas. ¿Cuánto hay de verdad y cuánto de literatura en los palacios y en las fortalezas que, a la tarde, cuando el sol se pone, cubren sus muros de tonos rojos incendiando las maravillas y las sutilezas? Existe un lugar casi miserable, perdido entre montañas, apenas un valle ínfimo, donde cinco familias pusieron sus reales huyendo de la orden de expulsión que la Sacra, Católica y Real Majestad de Felipe III había dispuesto para mejor preservar la fe católica en sus reinos. Existe una ciudad mágica, duplicada en el subsuelo, en la que toda suerte de brujos y hechiceros, como los consideraban, estudiaban las secretas artes, una ciudad en la que judíos, musulmanes y cristianos convivieron durante un tiempo circular que no tenía fin, que se hacía espiral en su propio caminar hacia la perfección que una estrella simbolizara. La Alhambra, la alquería de El Gasco en Las Hurdes de Extremadura y Toledo. Estos hitos marcan la vida de Ángel, el protagonista de La escalera del agua, última novela de José Manuel García Marín, editada muy bien, como es marca de la casa, por Rocaeditorial.

Novela histórica y confesión en primera persona, dos géneros muy frecuentados, que confluyen en una novela de indiscutible raigambre cervantina. El plano histórico, determinante en la base de la estructura narrativa, alterna en las páginas con la evolución contemporánea de la peripecia del narrador, nacido en la alquería en 1942; no obstante, al principio de cada capítulo se señala la referencia temporal precisa. El pasado está ahí, agazapado en la memoria, el pasado es el dolor de la expulsión del hogar de Talavera de la Reina, es la necesidad de transmitir la tragedia a las nuevas generaciones, una detrás de otra, mientras quede alguien que pueda recibir la pieza de plata, talismán, signo de ser y existir, marca de la diferencia.

Fueron llevados a los puertos después de confiscarles sus bienes; aún conmueven las crónicas que lo cuentan. Se habían traído tercios de Italia para evitar desórdenes, que aún estaban muy presentes las guerras de las Alpujarras, donde tuvo que venir el mismo hijo del César Carlos y vencedor de Lepanto, don Juan de Austria para acabar con la rebelión. Algunas voces de alzaron en su defensa pero nada pudieron hacer. Aquellas familias moriscas, la de Ángel y cuatro más, cuyos antepasados ya habían sido expulsados de Granada, decidieron agotar los días y buscar un lugar donde vivir, lugar alejado donde fuera imposible encontrarlos. Siempre con el miedo en el cuerpo y con la amenaza de que la arbitrariedad hecha ley por parte de los miembros de la Santa Hermandad, les diera caza y fueran vendidos como esclavos.

En el límite del límite, con tierra pobre pero sin falta de aguas, después de cruzar ciudades y campos, después de que se les unieran Alonso y María, la pareja de enamorados que también escapaban de un padre que deseaba mejor fortuna para su hija que un pobre pastor, allí pararon para sobrevivir miserables y libres. Este episodio, de la pareja de enamorados, confirma el calificativo de cervantina que he usado para la novela. Pasaron siglos. Ángel nació en la inmediata posguerra y narra su vida y su secreto. El abuelo, una noche, les cuenta la historia de sus orígenes, es la transmisión oral como única manera de pervivir. Este relato es la verdadera iniciación de los adolescentes.

A este secreto, Ángel unirá otro, una escena de violencia que lo obligará a marchar de su casa, de la choza en la que se guarecen. De nuevo, escapar. El destino lo llevará a Toledo. La novela se inicia con la visión del imponente monasterio de San Juan de los Reyes, panteón en el que no descansan los Reyes Católicos, que se pudrieron en la tierra de sus conquistas, la Granada de la escalera de agua, de las armonías del agua que nos acompaña cuando subimos por la colina igual que cuando Boscán y Navagiero dialogaban sobre la oportunidad de escribir a la manera italiana, con esa estrofa nueva que llamaban soneto.

Ángel va a entrar en el convento franciscano y allí recibirá una educación, providencia del padre Luis Zaragüeta, que lo pondrá en situación de enfrentarse a la vida como aprendiz de sastre, más tarde como representante y finalmente como acaudalado industrial.

La novela tiene a la historia como horizonte y a la vida como tejido; esta es su mejor cualidad. Estamos ante una creación, no ante una paráfrasis, más o menos conseguida, de crónicas pasadas. El personaje y su mundo tienen espesor y consistencia, tienen nervio y músculo. El narrador nos transmite muy bien el pulso de la ciudad. Toledo es la judería y la curva del río, es la catedral y las sinagogas, es un escaparate donde los niños se agolpan para ver los dulces de navidad, y Toledo es, por supuesto, la iglesia de Santo Tomé y esa niña de la que Ángel se enamora, Alborada.

Ángel va a atar cabos, va a vivir la tragedia de la expulsión de unos españoles que lo eran tanto como los que los empujaban al destierro. Por paradoja, el estilo considerado como genuino de España, el mudéjar, fue creado por los árabes que, domesticados, que eso significa la palabra, permanecieron en territorio conquistado por los cristianos. En la estrella de plata y en la estrella del artesonado se encierra todo el mundo que la escalera del agua hace vida, ni más ni menos.

Antonio Garrido

martes, 9 de octubre de 2007

La lámpara de plata - José Manuel García Marín


Las inquietas luces de la gran lámpara de plata, que el piadoso Tammin ben Buluggin había donado a la mezquita aljama de Málaga, centelleaban en las retinas de Abu l-Barakat ben al-Haŷŷ; pero, éste, si bien tenía la mirada perdida en ellas, permanecía ensimismado.

Sentado sobre la alfombra, el juez apoyaba su espalda en una de las columnas de mármol, cara al mihrab, y se acariciaba la barba, negra todavía. Le preocupaba el motivo de su llamada a la fortaleza por el todopoderoso visir de Muhammad V, Abu Nu’aym Ridwan, que había entrado en la ciudad dos días antes. La misma fecha de su llegada, dos guardias de la escolta se presentaron en su casa, en el barrio de los Adarves, con la misión de entregarle un mensaje escrito de puño y letra del visir, en el que se reclamaba su presencia, para dos días después, antes del mediodía, pero sin ninguna otra aclaración. El cadí lo releyó varias veces por hallar, si no la razón, al menos el tono con que se había redactado, mas era enteramente formal y ambiguo; ni rastro de parabienes o de reconvención alguna.

Tampoco él encontraba causas, por muchas vueltas que le diera. Había trabajado con tenacidad para alcanzar el cadiazgo. Durante los largos años que empleó en el estudio, incluso enfermo, no dejó de asistir a las lecciones de su maestro y, más tarde, administró justicia, combinando, como se le enseñó, lógica y conocimiento, intuición y buena dosis de benevolencia. En cada caso, pues, repartió mente, espíritu y corazón en las proporciones adecuadas para sentir, íntimamente, que su labor iba más allá de la mera diligencia.

A esa escrupulosidad suya se refirieron, hacía ya casi un año, al destacar sus méritos cuando lo elevaron al cargo de primer juez, bajo la imponente cúpula mayor del sagrado templo, como era tradición en Málaga, con las trece naves atestadas de personajes relevantes, fieles y curiosos en general.

Sumido en sus pensamientos, no oyó los pesados pasos del hombretón que se encaminaba a él por detrás de su nuca, quizá por el sigilo con que procuraba andar éste. Su aspecto era más inquietante por la brutalidad que expresaba aquel rostro moreno, de ojos pequeños, desconfiados, hundidos bajo los arcos superciliares, y de mandíbula cuadrada, sobresaliente, que por su estatura, que sobrepasaba en una cabeza a la de un hombre común; o las enormes manos, una de las cuales apoyaba en el puño de la larga daga, como de palmo y medio, que colgaba de su cinto de piel de becerro. Al muecín le recorría por el espinazo un desagradable frío, siempre que se lo tropezaba. Pero hoy la mezquita estaba desierta.

El cadí notó que le tocaban el hombro con suavidad. Sin embargo, se volvió sobresaltado, tan abstraído se hallaba.

—¡Ah! ­Mussa, mi fiel servidor –exclamó, mientras se le acompasaban los latidos y recuperaba el resuello.

—Mi señor, me pediste que te avisara –dijo, justificándose, el fornido individuo.

—Bien, vamos. Aún hay tiempo de dar un paseo antes de dirigirme a la Alcazaba.

Salieron por la puerta principal, la que daba al patio de los naranjos. El cielo, aunque gris, no amenazaba lluvia, pero estaba siendo crudo aquel diciembre. Ibn al-Haŷŷ, con un movimiento rápido, se envolvió mejor en el amplio manto negro. Debajo llevaba sus mejores galas, como cumplía para visitar a un ministro, y éstas, de buen lino con ribetes de seda, no abrigaban mucho precisamente.

En lugar de dar un rodeo y acercarse a la alhóndiga de la Puerta del Mar, como tenía por costumbre, y continuar luego pegado al lienzo de muralla hasta la Puerta de Buenavista, o de Pescadores, como prefería llamarla el pueblo, prescindió de la primera y directamente fue a traspasar esta última.

Si a su paso por las callejas era saludado, conocido y querido por gentes de toda condición, los pescadores, habituados a verlo casi a diario, le ofrecían boquerones, sardinas o de lo que hubieren, en muestra de cariño, de respeto, pues más de un pleito había dirimido sin notable perjuicio para ninguna de las partes. Desde allí, no sólo veía a los marineros en sus faenas, cosiendo redes, preparando pescado para salarlo o calafateando milenarias jábegas, sino que gustaba de observar el mar. Porque el mar siempre era el mismo, pero, dotado de vida propia, en ocasiones venía rizado y verde; otras, azul y en calma, entretanto el sol devanea en sus aguas; a veces, en cambio, de tal vehemencia, que pareciera querer arrollar y tragarse la muralla con la espuma de sus olas, fragoroso, aunado el estruendo de cien batallas... y esa brisa, de olor a sal, que refresca el ánimo, lo despierta y, mudada de soplo a viento, mantiene inmóviles a las bulliciosas gaviotas, estáticas en pleno vuelo como por una suerte de milagro.

Atravesó la puerta de nuevo y dobló a su derecha, más al sur, hacia el espolón donde los genoveses tenían la alhóndiga. Había visto la carraca genovesa atracada en el puerto, en la dársena de levante. Junto a ella hormigueaban cargadores, comerciantes, capataces, marineros y hombres pendientes de la vigilancia, que evitaban las mermas que los rateros ocasionaban a las mercaderías. Le atraía la atmósfera de actividad febril, ruidosa, vocinglera, que se desarrollaba en torno a la carga o descarga de los barcos; gozaba con la visión de los fardos, las maromas, las innumerables mercancías con que traficaban los ligures, mediante acuerdos firmados con el Reino de Granada, y que guardaban en sus almacenes para más tarde despacharlos: metales, vasijas de cobre, papel, seda -en dura competencia con pisanos y toscanos-, paños, algodón, especias, tintes y, sobre todo, pasas, higos y almendras, todos ellos productos de Málaga, que partirían a los mares del norte.

Estimó la altura del sol, brillante a través de las nubes. No debía retrasarle el placer. Marchó sin separarse del muro de defensa, que corría paralelo a la línea de costa, seguido por Mussa, para entrar, al final de éste, por la Puerta de la Alcazaba. Los guardias, reconociéndolo, le saludaron al franquearle el paso. Ascendieron la cuesta para llegar a la Plaza de Armas y cruzaron la Puerta de los Arcos. Algo más al interior, junto a los Cuartos de Granada, el servidor se adelantó y habló con el que supuso jefe de la guardia:

—A mi amo, el cadí de la ciudad, lo espera el visir, a quien Allah colme de bendiciones.

El guardián, jefe también de la escolta personal del ministro y, por tanto, venido de la Alhambra, no conocía a aquel hombre por quien hubo de alzar incómodamente la cabeza para mirarlo, pero se alegró de no tener que enfrentarse a él.

—Que pase a la primera estancia y aguarde allí –dijo, señalándole una sala de medianas proporciones-. Tú –añadió-, espera aquí, con nosotros.

Abu l-Barakat se entretuvo admirando la discreta belleza de la sala y el panorama del puerto que regalaba el mirador, entre sus arcos polilobulados.

El plenipotenciario nazarí salió personalmente a recibirlo. Algo tan poco común que rompía el rígido protocolo, lo que confundió aún más al desconcertado cadí. Acaso ese fuera el efecto que el primero pretendía. Tras los saludos de rigor, el orondo y desenfadado Abu Nu’aym Ridwan asió del brazo al juez, en clara señal de confianza, y lo condujo él mismo al Palacio de los Naranjos.

Una vez en él, le indicó que se sentara en los almohadones más próximos a su persona y dio dos palmadas. En unos instantes, dos esclavas entraron en el aposento con sendas bandejas repletas de dátiles, queso de oveja y leche de cabra. Era evidente que deseaba agasajarlo.

La rica manga bordada en oro se acercaba a Ibn al-Haŷŷ, cada vez que su dueño alargaba el brazo hacia las bandejas, depositadas delante de ambos.

—Querido cadí –se determinó a comentar-, todos los informes que me llegan sobre ti son elogiosos por tu rectitud y sabiduría, no exenta de compasión, lo que te engrandece más y aun enaltece a la dinastía, porque prueba el fervor del sultán, al que Allah proteja, y sus ascendientes, por dotar a su pueblo de hombres íntegros y virtuosos que lo sirvan lealmente y lo contenten.

El juez miraba a los ojos de su interlocutor, tratando de analizar el verdadero significado del discurso con que le honraba, en el que no le había pasado desapercibido cómo, sutilmente, el ministro se ensalzaba a sí mismo. Pero no era más que eso: un discurso cortesano. Le urgía saber la auténtica causa. Para lograrlo, nada mejor que incitar al poderoso anfitrión a abandonar inútiles circunloquios.

—Perdona mi atrevimiento pero, ¿has invertido parte de tu valioso tiempo sólo para alabarme? Es un honor innecesario el que me haces.

El visir lo miró a su vez. La pregunta, descarada, revelaba que al alto funcionario de justicia no le agradaban los rodeos. Pero, a pesar de la descortesía, merecía su consideración.

—Te he mandado llamar –expuso, ya sin más preámbulos-, para saciar mi curiosidad, y a petición de una influyente familia de esta ciudad, que ha solicitado repetidas veces mi intervención, por un caso que tú has juzgado y que les afecta. Sin embargo –ahora sus ojos expresaban franqueza, observó el juez-, no te he convocado para que rectifiques la sentencia, créeme; eres libre de revisarla o, por el contrario, de ratificarla. Tienes mi palabra.

Abu l-Barakat sonrió complacido.

—Si me haces ver que estoy equivocado, no tendré objeción alguna en cambiar el veredicto. ¿De qué asunto se trata?

De entre las ropas, el ministro extrajo un billete con unos nombres anotados, que se dispuso a leer.

—Está referido a un contrato de compra y venta, por el que Aixa, esposa de Sa’id al-Saffar, vende una huerta a Ibrahim al-R.ri al Yundi en la Huerta Oriental de Málaga. El comprador demanda a Aixa por haber omitido decirle que en ella había sido muerta una mujer, con anterioridad a la compra, al entender que el bien contenía un vicio oculto.

—Sí, lo recuerdo perfectamente –contestó el cadí-. Ibrahim alegaba que la huerta se quedó deshabitada, porque la gente decía que habían visto espectros diabólicos. En resumen, y por los perjuicios que decía tener, exigía que se le rebajara el precio acordado y pagado.

—También sé que consultaste a varios alfaquíes, que se mostraron a favor de acceder a la petición del comprador y, no obstante, resolviste en contra de él –el visir se acomodó entre los cojines, antes de continuar-. ¿Cuál fue la razón de que hicieras caso omiso de ellos y dieras por bueno el contrato?

—Estuve reflexionando sobre ello largo tiempo. Lo de la mujer asesinada no estaba demostrado, eran simples murmuraciones. Entonces llegué a la conclusión de que, si el demandante estaba tan seguro, que aportara él la prueba; y le pedí que informara de la fecha exacta del crimen y que presentara uno o más testigos. Como no lo hizo, validé el contrato. En realidad –quiso aclararle al ministro-, estaba convencido de que Ibrahim lo único que perseguía era la rebaja mediante esta argucia.

—No me decepcionas, Ibn al-Haŷŷ, estaba persuadido de ello, pero quería conocer las razones y ahora, además, sé de tu perspicacia. De cualquier modo te rogaría que volvieras a meditarlo, por si se te ocurre algún medio de satisfacer al demandante sin otorgarle todo lo que reclama.

El omnipotente visir se incorporó, dando por concluida la entrevista.

—Ha sido un encuentro muy instructivo –terminó por decir, sonriente.

—¡Que Allah te guíe! –le deseó Abu l-Barakat, despidiéndose.

—¡Que Él te guarde y te acompañe! –respondió Abu Nu’aym.

El cadí, como solía, se presentó temprano en la mezquita mayor, hizo sus abluciones, oró y, ya sentado, se recostó contra la columna habitual. No cesaba de pensar en la conversación del día anterior con el visir. Quizá su veredicto había sido demasiado inflexible. Miró la lámpara mientras repasaba las circunstancias del caso. Resplandecía especialmente, ¿la habrían pulido? Las luces de sus exquisitos cálices titilaban reflejándose en el cuerpo central, que cintilaba con chispas hipnóticas, minúsculos puntos que parecían brotar del noble metal, efímeros, como la ventura humana, y que saltaban, cegadores, a las pupilas del juez. Éste pestañeó, en inútil lucha. Se le cerraban los ojos, aunque su voluntad pugnara por conservarlos abiertos. Intentó retirar la vista, pero no pudo. Creyendo vencer, se durmió. Inmediatamente apareció la figura de una joven mujer desconocida. Portaba un cesto de mimbre, apoyado en la cadera. Callejeaba por el noroeste de la ciudad, cerca de las tenerías próximas a la Puerta de la Explanada de los Alardes, donde vivía. Era una de las esclavas de un rico mercader que la compró para el servicio de su casa.

La imagen se borró, sustituida por otra en la que un apuesto menestral, de más o menos su edad, le ofrecía, galanteador, unas flores que ella acogía con regocijo.

Abu l-Barakat no escuchaba las palabras que se cruzaban, pero entendió que se amaban y que él le prometía trabajar sin descanso, hasta obtener el dinero suficiente para comprarla a su amo. Luego se casarían y arrendaría un terreno con una casita, humilde, claro, pero en la que serían libres y felices. Ella lo colmaría de hijos, que serían su alegría y, tal vez, en el futuro, alguno de ellos mandaría una tropa o se convertiría en un respetable alfaquí, para honra de la familia. Él imaginaba, entusiasmado. Ella sonreía, embelesada. Los tres soñaban.

Los jóvenes se separaban, y él, Anwar, que así se llamaba, regresaba al taller de alfarería, donde fabricaba las más bellas vasijas de cerámica de la localidad con la técnica de la «cuerda seca», en muy diversos colores, si bien su favorito era el verde manganeso. El maestro para el que trabajaba, lo consideraba un buen oficial, digno de toda su confianza. Lo conocía desde que entró como aprendiz, casi un niño, y nunca le había fallado. Por tal motivo, en ocasiones, lo dejaba a cargo del taller.

Nayibe, que era el nombre de la muchacha, iba a la tienda de paños de Mustafá, en los aledaños de la alcaicería, a comprar unas telas corrientes que le habían encomendado. Al propietario le cambiaba la cara cuando la veía entrar. No estaba enamorado, pero la deseaba. Las formas generosas que poseía, apetecibles, sin ser ostentosas, excitaban su libido, lo enardecían. Siempre que Omar, su ayudante, se hallaba ocupado, el taimado le hacía un presente: retales de tela, un pañuelo... Tocarle las manos al descuido, lo inflamaba.

Ella admitía los insignificantes obsequios agradecida, como procedentes de alguien amable y caritativo al que le conmovía su estado de absoluta pobreza; acaso la viera como una hija, creía inocente, pues la diferencia de edad así lo haría suponer. Pero la vieja Lubna, parroquiana asidua del tendero y experimentada casamentera, adivinó enseguida la verdadera finalidad del rijoso mercader.

—Bonita cara tiene la moza –murmuró al oído del comerciante, burlona-. Una joven tan lozana haría las delicias de un hombre como tú, mas dos amos tiene.

—¿Tú la conoces? –preguntó interesado, y se arrimó a la entrometida mujer por que no les oyeran-. ¿Qué sabes de ella? Y, ¿cómo es eso de que tiene dos amos? Vamos, habla –le apremió impaciente.

—¡Lubna conoce a todo el mundo! –afirmó, orgullosa y atenta a las reacciones de Mustafá-. Es esclava de un rico, en la Puerta de la Explanada de los Alardes. En cuanto a su corazón, ya tiene dueño. Ya ves, dos amos.

—¿Quién es él? –inquirió, impetuoso.

—¿El rico? –soltó con maldad, por retrasar la respuesta.

—¡El otro! –exclamó enfadado.

—Muy informado quieres estar tú, a costa de esta pobre viuda –observó con picardía.

El pañero acertó a interpretar a la vieja. Sacó un lienzo de detrás del roído mostrador de madera y se lo entregó con la intención de que lo ocultara entre los ropajes.

—Bien gallardo y airoso es el enamorado. Por Anwar responde el muchacho –se avino a revelarle-. Y muy trabajador y esforzado, que mucha fe le tienen en el alfar emiral, en la calle Especerías.

Del semblante de Mustafá se evaporó la expresión de lujuria, en cuanto supo la noticia, para ser reemplazada por una mueca de disgusto. Dejó ir a Lubna, contenta con su dádiva, y decidió tejer un plan. Nayibe sería suya.

La primera medida era examinar el aspecto que tenía Anwar. Necesitaba estudiar a su oponente para saber de qué pasta estaba hecho y pensar después en cómo engañar a ambos. Se lo decía su olfato de probado negociador.

La oportunidad la tuvo pronto. Fue inesperada y no levantaba sospechas. Un primo suyo le pidió que le acompañara al alfar, por un encargo que le había hecho el jefe de las atarazanas.

En el taller simuló indiferencia por el joven, pero lo escrutó a sus anchas mientras aparentaba estar absorto en la perfección de líneas de un jarrón. Al muchacho se le percibía cándido, exhalaba nobleza. Un modelo de inexperiencia.

A partir de entonces abandonaba la tienda, con cualquier excusa, para vigilar a Anwar. Lo acechó durante semanas. Lo seguía, sabía a qué hora y dónde se encontraba la pareja. Otras veces la espiaba a ella. Así averiguó la casa en la que vivía y las calles que frecuentaba. Asimismo, el lugar donde desataban su pasión, en la Huerta Oriental, detrás de unas rocas protegidas por la espesura, al atardecer, cuando se difuminan las figuras. Los enamorados, enfrascados en su amor, no lo descubrieron nunca.

El asunto, transformado ya en una obsesión, le traía problemas, pues, por su causa, descuidaba el negocio. Omar comenzaba a protestar del tiempo que pasaba solo en el comercio, de la falta de reposición del género, de la que se quejaban los compradores, de la súbita indolencia que le invadía, como una extraña enfermedad. Él, que era ejemplo de diligencia, siempre inquieto por adquirir los mejores artículos a los mercaderes de la alhóndiga, a quienes regateaba hasta la última moneda. El dependiente asistía, estupefacto, al repentino cambio de su jefe. Mustafá escuchaba, revestido de paciencia. Cuando lograra su objetivo, todo volvería a la normalidad. Su esposa, aunque lo encontraba más irritado que de ordinario, no recelaba.

Una mañana, en su insistente persecución de Anwar, vio que enjaezaba un caballo a la puerta del alfar. Esperó oculto, mas no perdió detalle de lo que éste hacía. Colocaba unas alforjas en la grupa, encima de una manta, y volvía a asegurar la cincha del animal. El maestro salió del taller con una talega, que debía contener comida, y se la dio al joven a la par que le repetía ciertas instrucciones que el comerciante no oía. Aquello pronosticaba un viaje. El mozo se alzó sobre el estribo para montar y, en ese momento, cayó un anillo de hierro que lucía en uno de sus dedos, entre las piedras del pavimento, sin que nadie se percatara del ruido, apagado por el de la conversación. Nadie, excepto Mustafá que, en cuanto aquél se alejó trotando y el maestro regresó al interior, lo recogió y guardó con disimulo. Luego entró en el alfar y dijo que tenía un recado para Anwar. Le contestaron que acababa de marcharse a Granada y que estaría ausente alrededor de una semana.

Se fue apretando el humilde aro en el bolsillo. Ésta era la ocasión propicia, el azar había premiado su esfuerzo. Sólo necesitaba elaborar la estratagema conveniente.

Estuvo dando vueltas y más vueltas por las calles en torno a las tenerías, por donde acostumbraba a pasar ella. Rondó la Puerta de la Explanada de los Alardes durante horas, hasta que al fin apareció. Iba distraída, con la mirada baja, y no reparó en él. Se plantó delante, por que le viera, agarró del brazo a la sorprendida Nayibe y la llevó a un rincón.

—No te asustes –le avisó, con la mejor de sus sonrisas-, te traigo un recado de Anwar.

—¿Qué recado es ése? –preguntó, asombrada de que el comerciante conociera a su amado.

—Me manda a decirte que esta tarde acudas al sitio de siempre, que supongo que tú sabrás –agregó con cara inocente-, a la misma hora. Todos creen que se ha ido a Granada, pero él piensa que si viaja mañana realizará igual la misión que le han ordenado, que tiene tiempo de sobra y podrá gozar hoy de tu compañía –le explicó el ladino Mustafá.

—¿Cómo sé que no me engañas? –cuestionó aún.

—¿Para qué iba a hacerlo? Además, casi lo olvidaba –y sacó el anillo-, ¿reconoces esto? Me lo dio él para que no desconfiaras. Quédatelo y se lo devuelves tú misma.

La vista del anillo la tranquilizó; no obstante, algo no cuadraba a la muchacha.

—¿Por qué te ha elegido a ti de mensajero? –se interesó, por último.

—Es largo de contar y yo debo irme ya. Pregúntaselo a él.

No cabía en sí de alborozo. ¡Por Allah que se había tragado el anzuelo! Sin embargo, los nervios le corroían por dentro. Optó por comer rápido e irse de la casa, por si la agitación lo traicionaba, y pasear luego hasta más allá de la Puerta del Puente, en el arrabal de los mercaderes de la paja. A la vuelta, se distrajo reclinado en el pretil del puente que cruzaba el Guadalmedina. Dichoso, veía correr el agua en tanto fantaseaba con lo que más tarde consumaría.

Cercana la artera cita, el tendero se dirigió a la Huerta Oriental con toda clase de precauciones. La esclava esperaba en las rocas, intranquila, pero él se escondió y miró a uno y otro lado, por cerciorarse de que realmente se presentaba sola. Únicamente cuando quedó satisfecho, se atrevió a salir de su escondite.

Nayibe, al verlo venir, sintió que le inundaba un desasosiego, que no era más que su instinto, que le advertía de la peligrosidad del encuentro.

—¿Qué haces tú aquí? –gritó enfurecida, barruntándose la burla.

El miserable trató de calmarla.

—Tranquila, somos viejos amigos, ¿no? Anwar no vendrá pero, ¿para qué lo necesitamos? Tú eres una hembra apasionada y yo un hombre ardoroso, hagamos nuestro menester y te aseguro mejor vida que la que podría darte ese mozalbete muerto de hambre –y diciendo esto, le manoseó los senos.

—¡No, suéltame! –protestó, indignada.

La muchacha se revolvió, en vano intento de zafarse del hombre, pero éste la sujetó con firmeza. De buena gana, le soltó una bofetada y pretendió escapar, pero él reaccionó y la agarró de las ropas.

—¡Ven aquí, maldita testaruda! –gruñó, iracundo por la resistencia que le oponía.

Desesperada, chillaba fuera de sí y, ya entre lágrimas, la emprendió a puñadas con el sudoroso comerciante.

Mustafá le dio un fuerte revés que la tiró a tierra. No podía permitir que los gritos alertaran a la vecindad.

Como Nayibe quedó inmóvil en el suelo, pensó que se habría desmayado y quiso reanimarla, pero no se recobraba. Tocó su corazón. Con horror descubrió que no estaba inconsciente, sino ¡muerta! La delicada sien había golpeado contra una piedra.

Tenía que apresurarse en discurrir algo. Ocultó el cuerpo entre matorrales y lo cubrió con piedras. Corrió a la tienda y regresó velozmente con una pala. En el camino, nadie se había fijado en él. La enterró bajo un árbol y...

—¡Señor, señor! Te ruego que me perdones, pero la gente espera tu ministerio –le comunicó Mussa, cariacontecido.

Abu l-Barakat salía de un trance, más que despertaba de un sueño.

—Sí, sí... –acertó a decir, confuso. Pero enseguida se retractó-. No, aguarda, anún­ciales que hoy no les atenderé. Que vengan mañana. Date prisa, nos vamos.

El juez salió como un torbellino de la mezquita. Buscaba la tienda de paños por las calles donde creía haberla visto, sin resultado; hizo indagaciones en el alfar emiral, pero ninguno de los que trabajaban en el taller supo darle razones sobre un tal Anwar. Precisaba hallar una pista que le confirmara que, el suyo, había sido un sueño clarividente. Mas todavía existía una esperanza.

En la Huerta Oriental por poco se le vacían las órbitas de la sorpresa. Allí estaban las piedras, idénticas a las que soñó. Se sentó en una y recorrió de una ojeada el contorno. Sobraban árboles para enterrar a la joven. ¿Tenía alguna característica aquel árbol? Cerró los ojos para concentrarse y, al instante, contempló un tronco liso, del que surgían muchas ramas pobladas de hojas verdes, pero rojizas en el reverso. El árbol de la pureza para los griegos. Un cidro.

Mussa observaba atónito el comportamiento de su señor, pero ya no albergó dudas acerca de la salud mental de Ibn al-Haŷŷ, cuando éste le ordenó que trajera un par de braceros y que cavaran bajo el cidro que tenía justo en frente de él.

En menos de una semana localizaron a la genuina casamentera, que confesó lo que sabía y, del hilo al ovillo, encontraron al auténtico Mustafá que, aunque no era pañero, sí comerciante, y se llamaba de otra manera, pero el viento de los siglos barrió su nombre, para que no se repitiera.

Junto a una de las columnas de jaspe, de pie, cara al mihrab, Abu l-Barakat ben al-Haŷŷ se acariciaba la barba, negra todavía.

El cadí, modificó la sentencia.

«Extraña es la raza de los hombres, pero Allah orienta a quien le place.»

Glosario Breve

Alcaicería: Mercado de las sedas.

Alcazaba: Fortaleza, recinto amurallado.

Alfaquí: Experto jurídico-religioso.

Alfar emiral: Alfarería real.

Alhóndiga: Fonda con almacén para las mercancías y espacio para los animales.

Atarazanas: Astilleros.

Cadí: Juez.

Carraca genovesa: Barco de carga genovés de hasta 2.000 t.

Jábega: Embarcación de pesca más pequeña que el jabeque.

Mezquita aljama: Mezquita mayor.

Mihrab: Arco en el muro de la quibla.

Muecín: El encargado de la llamada a oración.

Sultán: Rey.

Tenerías: Talleres donde se curte piel. Curtiduría.

Visir: Ministro.

Nota del autor

Este cuento está basado en un hecho real, en cuanto a la petición de explicaciones al cadí de Málaga, en la primera mitad del siglo XIV, por parte del visir nazarí, sobre lo ocurrido con respecto al contrato de compra-venta de una huerta, y al dictamen de dicho juez, cuyo comprador considera que contiene un «vicio oculto», al no haber sido informado, con anterioridad a la compra, sobre el asesinato de una mujer en la tierra objeto del contrato.

Los nombres del visir, del cadí, matrimonio vendedor, comprador, y del donante de la lámpara de plata, que verdaderamente ornamentó la mezquita mayor, son reales; así como los espacios urbanos, las puertas, los edificios y sus funciones.