Página de José Manuel García Marín

Página de José Manuel García Marín

La intención, al abrir este nuevo blog, es guardar en él relatos completos, míos o ajenos, para quienes quieran leerlos en su totalidad. Desde el blog principal pondré un vínculo a éste en aquellos artículos que, por su extensión, sea aconsejable.

viernes, 17 de septiembre de 2010

Fez, la telaraña de la clepsidra


Cuando aludimos a lo mediterráneo nos referimos a un conjunto de civilizaciones, sucesivas o coincidentes, pero que cada una de ellas ha proporcionado un sedimento lo suficientemente enriquecedor, como para que la suma de sustratos dé como resultante lo que hoy denominamos “cultura mediterránea”. A ello, transformado ya en concepto indiscutible, recurrimos para definir unas determinadas formas de ser, de pensar y de sentir como actores y espectadores del paso de los tiempos; de vivir, en definitiva.

Esta filosofía de vida supera sus costas, porque, si así no fuera, Córdoba, uno de sus focos más resplandecientes en el pasado, no pertenecería a ella y el hito físico que representa nuestro árbol sacro, el olivo, cuyo oleaginoso fruto es ungidor por taumatúrgico, no tendría razón como símbolo, como marca de su expansión. Habría dejado de jalonar la extensa y móvil frontera. Es absurdo siquiera pensarlo. Pero ¿hemos reparado en que a igual distancia del mar, en línea recta, se encuentra otra ciudad luminaria, Fez? ¿Predomina una sobre otra o, tal vez, sean espejos de una misma luz? Estas “polis”, como tantas otras, más o menos alejadas de las olas del Mediterráneo, puede que, a la par de motoras de cultura, tengan por destino ser torres vigías, reflectoras de terceras, con el azogue de hojas plateadas de los olivos que las circundan. Así, este mar, de arte encendido.

No existen, entonces, por azar, sino como necesidad humana de sus lúcidos reverberos. Acaso, a Fez, tuviera que acabar de fundarla un santo: Idris II. Acabar, porque el padre de éste, Idris I, en el 789, ya se había asentado en la orilla este, la margen derecha, del río Fez, que dio nombre a la ciudad.

Idris I tiene un paralelismo curioso con nuestro Abderrahmán I, pues también él llegó al Magreb -y junto con un criado y amigo, Rasid; tal como el omeya con su servidor, Badr-, huyendo de los abasíes, que deseaban matarlo por la competencia que podía hacerles como descendiente del Profeta. La diferencia es que, en este caso, lo lograron y Muley Idris al-Akbar sólo pudo reinar sobre las tribus beréberes hasta el 791, asesinado por envenenamiento, de manos de un emisario del califa abasí Harum al-Rashid, el de “Las mil y una noches”. En esa fecha, a Idris II aún lo abrigaba el vientre de su madre. Lo extraordinario fue la fidelidad del amigo del progenitor, que ocupó la regencia.

Idris II tomó las riendas del poder en el 808, siendo muy joven; pero lo cierto es que él fundó un segundo núcleo de la ciudad, en la otra margen del río, a la que llamó al-Aliya. La población, de repente, se vio incrementada por parte de los cordobeses expulsados en la Revuelta del Arrabal, en el 814, y otras gentes procedentes de Qairuán (Túnez). Los primeros se establecieron en la orilla este, que desde entonces es conocido como el barrio de los andaluces, y los segundos, al otro lado, el barrio de los qairuaneses. De ahí el nombre de la famosa mezquita de al-Qarawiyin.

En la actualidad, al conjunto de estos dos primitivos sectores se le denomina Fez al-Bali (Fez la antigua), en contraposición a la que, más tarde y unida con la anterior por el sur, erigieron los sultanes meriníes, Fez al-Jédid (Fez la nueva), en la que se ubican el palacio real y la “mellah”, el barrio de los judíos.

Fez es una urbe amurallada. Y esto hay que entenderlo desde una doble perspectiva: la militar y la metafórica. En lo defensivo, porque en ella se reunía tal riqueza, que era necesario preservarla de la codicia que despertaba. ¿Qué monarca no querría adueñarse de una población que contaba, a finales del siglo XII, con 3.000 telares, 80 fuentes públicas, 93 baños, 72 salas de abluciones, 12 fundiciones y 11 fábricas de vidrio? Sin embargo, a pesar de la eficacia de esta protección, la ciudad guarda en su seno un temible cancerbero: su propio trazado, laberíntico, desorientador, de angostas callejas -muchas, sin salida: los adarves- que semejaran una gigantesca telaraña, ansioso el invisible monstruo por engullir al imprudente escuadrón enemigo que se atreviera a profanar su paz. No obstante, nada material está por siempre blindado; es en lo metafórico, como en el amor, en lo que la conquista forzada es impracticable. O se cede, o no penetraremos. Quien crea que puede aprehender el espíritu de una ciudad mágica, mítica y mística, con el impaciente ojo de un zarandeado turista, estará embalsando, ¡pobre iluso!, agua en sus manos. O nos rendimos, de entrada, y adecuamos nuestro ritmo al suyo, a sus cadencias, a su “tempo”, incluso adoptamos su desdén por toda precipitación con altivo menosprecio, aquella dignidad de los sultanes meriníes, o el secreto se custodiará a sí mismo, a salvo del más mínimo ultraje.

Provistos de inexcusable serenidad, abierta la mirada y desembarazados de cualquier rastro de injustificable miedo -miedo... ¿a qué, a perdernos?, pero si venimos a eso, a perdernos para encontrarnos, si esto último es posible-, podremos gozar, ahora sí, del universo atemporal con que la vieja Fez nos regalará la inteligencia, el espíritu y los sentidos.

El cinturón de piedra que rodea su perímetro, contiene más de una docena de puertas, que permiten el acceso desde múltiples direcciones; como una rosa de los vientos centrada en el corazón de la metrópoli.

La entrada más común es la que, partiendo de la afrancesada ciudad moderna, nos hará cruzar Bab Lamar, la Puerta de las Armas, y encontrarnos con el barrio judío, la “mellah”, que deberemos atravesar, por su “gran calle de los meriníes-los soberanos que tenían bajo su directa protección a los judíos-, a modo de preámbulo, de suave inmersión, porque ahí se inician los vivos gorgoteos de la medina. Antes de continuar, es conveniente desviarnos por una calle, a la derecha, y hacer una parada en la sinagoga de Ibn Danan, abierta a los visitantes, bastante bien conservados los anchos zócalos de madera y en la que todavía lucen sus numerosas lámparas, de distintos materiales y formas. En un lateral de la sala está situada la “tebá”, el lugar, levemente elevado, que hace las funciones de un púlpito y en el que el oficiante hace la lectura de los textos litúrgicos. Su curiosa decoración de arcos, culmina con un armazón de varillas metálicas en forma de cúpula oriental. En la tradición sefardí, la “tebá” está colocada en el centro de los fieles, frente al “hejal”, el arco orientado a Jerusalén donde se guardan los rollos sagrados.

Volviendo a la arteria principal desembocaremos en Bab Semmarine, puerta por la que ingresamos en la calle comercial de mayor longitud y anchura de la Edad Media, hoy denominada avenida de Muley Slimane. Antiguamente, el mercado junto a la puerta albergaba los silos de la ciudad. A lo largo de la calle hallamos dos mezquitas: la “al-Hamrá” -la roja-, que no exhibe ese color, sino que su nombre se debe a la leyenda que atribuye su fundación a una mujer roja, y la “al-Beida” -la blanca-. Al finalizar la extensa avenida, bordeando los muros de palacio, saldremos a una zona de amplios espacios y jardines. Las tapias del colegio Muley Idris, ahora, nos guiarán hasta la puerta que buscamos para introducirnos en la antigua medina.

Bab Bujlud fue construida en el siglo XII, por los almohades. Consta de tres vanos frontales, dos laterales y uno central de superiores proporciones. Los tres acaban en arcos de herradura apuntados. Lo más característico de esta puerta es que la decoración del alfiz se compone de pequeños azulejos en azul cobalto, el color de Fez, a la entrada, y verde a la salida.

Claro que, la verdadera particularidad de Bab Bujlud no es de índole artística o constructiva, sino la de ser un pasadizo con la cualidad de trasladarnos a otras épocas. La riada humana, con la que de inmediato tropezamos, atrae como el rápido caudal de un río que, contemplado con fijeza, magnetiza y despierta el vértigo de consentirnos, de dejarnos absorber por la corriente. Pero no es ésta la que seduce; es la perfecta armonía del movimiento, fascinador trasunto del tiempo. Y es que, estas sarmentosas callejas, son alígeros afluentes del río de la vida. De esta suerte, el efecto de que, aquí, tiempo y movimiento se confundan.

La insulsa homogeneidad transatlántica que invade Europa, disfrazada de funcional modernidad, se enfrenta en la medina fesí con su extremo opuesto. Todo lo que no sea fecunda multiplicidad, podría decirse que no tiene asiento en esta burbuja heterogénea. Las casas, por ejemplo, con sus diferentes alturas, anchuras, tonos de las fachadas, portales, incluso puertas; algunas enormes, otras medianas, de madera labrada y magníficos aldabones, junto a casitas humildes y de entradas diminutas, por las que el observador infiere que los moradores de éstas bien pudieran ser liliputienses. En los ciudadanos, la variedad de atuendos, de colores y listas de las chilabas, de gorros, de babuchas o los diferentes tonos de piel y ojos, que no ocultan las amplias capuchas de los albornoces, obedece al mismo canon de pluralidad.

Comienza el laberinto con una encrucijada. Podemos elegir entre la Tala’a Saghira, “la cuesta pequeña”, o la Tala’a Kabira, “la cuesta grande”. Ambas conducen al centro de los latidos de este organismo vivo; pero, en la segunda, aguarda una de sus maravillas. Es el momento de integrarse al incesante hormigueo de compradores, vendedores, simples curiosos, viajeros, turistas -que no son equivalentes-, artesanos y mercaderes, que vocean su mercancía, excepto cuando maldicen a los inevitables pilluelos que corretean, alocados, y que no siempre consiguen esquivar el violento encontronazo con ellos. Un aluvión de almas entre las mínimas tiendas -dispuestas a ambos lados de la calle-, que avanza, estrepitoso, en corrientes opuestas, del que únicamente logran sobresalir los gritos de los muleros, que avisan, con sus clásicos “¡balêk!, ¡balêk!”, para que se aparten los transeúntes de su paso.

Enseguida encontramos la sorpresa que nos esperaba: la madrasa Abu Inania, en el lateral derecho de la calle, y las ruinas de su clepsidra, enfrente. Tanto una como otra fueron mandadas construir entre 1350 y 1357 por el sultán Abu Inan Faris y estaban comunicadas. La madrasa es una escuela coránica que contiene una mezquita. Gracias a que está permitido visitarla, disfrutaremos de su belleza.

En al-Ándalus ya hubo un precedente de esta clepsidra, la que ideó Abu Ishaq Ibrahim ben Yahyá al-Naqqas (el hijo del cincelador), conocido como Azarquiel por sus ojos azules (zarcos)[1], en la taifa toledana de al-Ma’mun, aproximadamente unos 300 años antes. El reloj del cordobés, afincado en “Tulaytula”, marcaba las horas y los días lunares. Por desgracia, Alfonso VII mandó que se desmontasen los dos estanques de que constaba, con la intención de averiguar su funcionamiento, pero el judío que se atrevió, Hamis ben Zahara, no supo montarlos de nuevo.

El sistema de un reloj, de estas características, está fundamentado en dos cuestiones: un recipiente medido y un flujo constante de agua. De la perfección con que se lleven a cabo estas dos condiciones, dependerá la exactitud del reloj. Ese es el punto de partida, pero, naturalmente, a mayor complicación, mayores posibilidades.

El artificio hidráulico, de Fez, fue fabricado por Abu al-Hasán ben Alí Ahmed y ocupa un pequeño edificio, Dar al-Magana (la casa del reloj), con 12 ventanitas y un ancho alero de protección. Cada hora se abría una de las ventanas y caía una bola metálica a un cuenco de bronce, dando aviso del tiempo transcurrido. Se supone que el sistema era parecido a los de Toledo y Damasco. A grandes rasgos, un peso que flotaba en el agua de un recipiente se hundía, junto con la superficie del líquido, a medida que éste se desalojaba de manera constante. El peso estaba unido a una cuerda, en cuyo extremo había un contrapeso, que tiraba de un carro y ponía en acción las puertas de las ventanas y las bolas, haciendo caer las esferas sobre los cuencos.

De su correcto funcionamiento se hacía cargo un responsable, al que designaban, por su oficio, con el nombre de “muwaqqit”. Es presumible que la comunicación de la clepsidra con la madrasa fuera, precisamente, para efectuar su mantenimiento. En la actualidad, se procede a la restauración del ingenioso mecanismo.

En contraste con el austero arte de la dinastía anterior, la almohade, la madrasa meriní de Abu Inania tiene profusamente decorado el interior de sus muros. Todo en ella es magnificencia. Ya la describió, admirado, León el Africano. Se trata de un edificio de dos plantas, con un patio rectangular, en cuyo centro se aloja una fuente de mármol, baja y circular, de respetables dimensiones. Tres galerías ocupan sendos laterales, donde se hospedan los estudiantes, y en el cuarto, paralelo al de entrada, está instalado el oratorio, con su mihrab, la hornacina que señala la dirección de la Meca. Esta sala, techada, pero con arcos abiertos al patio, se usa en ocasiones como aula y los viernes como mezquita, peculiaridad, esta última, tan excepcional, que sólo se da en esta madrasa. Aunque, lo que impresiona es saber que Ibn al-Jatib e Ibn Jaldún impartieron sus clases, seguramente, en un almimbar -el sillón, por lo general de madera noble, con peldaños, desde el que el imán pronuncia la “jutba” (el sermón)-, similar al que posee.

La inefable carga de cultura, más de seis centurias horneando aplicados discípulos que, al cristalizar, difundían la erudición, la sabiduría, aprendida de sus maestros, como se expande el perfume de los jardines mediterráneos, había de tener su contrapartida corpórea. Las ciencias, las matemáticas, la geometría, la filosofía, la música, ornamentan las paredes, excesivas de estrellas; los suaves arcos cuajados de mocárabes, el cedro tallado de celosías, ventanas y techumbres, conciertan insólitos mapas de abstracción, portentosas sinfonías de simetrías sonoras, áureas láminas que simultanean lo efímero y lo eterno con la sutilidad de que dispone, tan sólo, lo sublime. En secreto, la luna llena y el arrocabe pugnan por asomarse al patio, mientras la fuente deja fluir su tenue risa, de plata interminable.

Durante siglos, largas caravanas de camellos y dromedarios atravesaron las distintas puertas de la ciudad, según el lugar de donde procedieran. Las venidas de los puertos del norte entrarían por la Bab Sidi Bujida, conocida en la antigüedad como Bab Abi Sufian; las del este, por la Bab Khokha; más al sur, Bab al-Jédid, cruzado el puente de Lakbira; o, en función del fondûk al que se dirigieran, la que mejor se adaptara a su camino.

Una vez en el fondûk o caravasar, donde se hospedaran, los animales eran descargados y guardadas las mercancías en los almacenes, que permanecían cerrados y celosamente vigilados. De estos establecimientos, es muestra el fondûk en-Nejjarin, en la plaza del mismo nombre, si bien ahora está destinado a museo de artes y oficios. A los mercaderes, a los viajeros, se les albergaba en la planta alta. Las cuadras, en la de abajo, junto con los depósitos de mercaderías, alrededor de un patio central en el que había un abrevadero. Más tarde, los productos eran transportados a los diferentes zocos, a lomos de mulos y asnos, que circulaban con más soltura, que los imponentes camélidos, por las estrechas vías.

Estos zocos, o mercados, estaban agrupados por oficios -y así continúan, como en época medieval-, con sus propias normas y representantes. De modo que aún podemos contemplar, y comprar en ellos, claro, el zoco de las babuchas, el de los tejidos, el de los carpinteros, en el que queda algún artesano que utiliza la técnica del torneado sobre maderas nobles, como se hacía antaño; el de las lanas, el de los perfumistas, los especieros, con su ingente variedad de especias en montoncillos ocres, rojos, amarillos... sobresalientes, como minúsculas colinas, de los sacos en que las apilan y que exhalan una densa atmósfera de aromas, un delicioso paraíso sensorial; el de los tintoreros, que tiñen las madejas de lana y las cuelgan luego, a secar, sobre cuerdas tendidas en las calles, de pared a pared.

Tapiceros, ferreteros, caldereros... todos hay que visitarlos, pero es imprescindible ver las tenerías, donde se curte y se baña el cuero en tinturas extraídas de sustancias naturales, a pesar del desagradable hedor que nos asaltará, proveniente de las tinas, sobre las que se vierten aceites combinados con excrementos de palomas, para que las pieles ganen dureza y resistencia. Presenciar la labor de estos operarios, en las tenerías, incita el deseo de vomitar por la insufrible fetidez que brota de las pozas, las qasriyya, pero la multitud de colores de los pilones evoca un inmenso y abigarrado muestrario de acuarelas.

Quizá la solución para compensar la agresión olfativa sea acudir por la tarde a un baño, el hammam, porque las mañanas están reservados a las mujeres. Una nota más de la cultura mediterránea, ya que el baño es una herencia romana, los thermae, incluso en la disposición de sus salas, idéntica a la de los antiguos: el frigidarium, la sala fría; el tepidarium, la tibia; el caldarium, la caliente, y el apodyterium, los vestuarios.

El hammam no se limita a ser un recinto para el aseo, aunque su objetivo primero sea la higiene personal; es un lugar social, de encuentro, de charla, que contribuye a crear lazos afectivos en el terreno de lo amistoso y de lo familiar por medio del contacto físico, algo que hemos perdido en Europa. El padre baña al hijo y el hijo al padre; el amigo enjabona y frota la espalda del amigo, y éste, en reciprocidad, le devuelve el servicio. Después de la relajación, fruto de un tonificador baño, seguido del minucioso y reparador masaje con aceites, ¿qué otra cosa puede superar a una sabrosa conversación, mientras se paladea un té verde a la menta y se inhalan balsámicas fragancias de plantas aromáticas?

Fez sabe de placeres, como lo demuestra el refinamiento de su cocina, por cuya gastronomía, el país entero, es famoso en el mundo. La cantidad de platos de entrada solamente es comparable a su calidad. El contraste de sabores es la clave, porque nuestras papilas se deleitarán detectando los tipos básicos de sabor que, delicadamente, destacan en cada entremés. Luego viene la sopa harira o la chorba, antes del cuscús o del pescado, si no nos hemos decidido por el cordero asado en horno de leña. La lista es larga, pero baste decir que tras cualquiera de los que elijamos, comparecerá el recreo de la miel sobre los pastelillos, casi macerados en ella; el galanteo de las almendras o aquellos de nombre tan seductor como cuernos de gacela.

La duda de si viajamos o peregrinamos, que, sumergidos en la población, surge conforme nos sentimos parte de ella, no debe hurtarnos el pensamiento ni el espíritu, acaso menoscabados por los sentidos. Todo ha de estar alerta en este bosque de egregios alminares de mezquitas, desde donde el muecín llama a la oración. Alminar significa “el lugar de la luz”, y a ella indirectamente invoca, la que el creyente debe alcanzar en su corazón, abandonado en Dios. El muecín, en lo más alto de la torre, canta -que es una forma de apelar- al cielo, para que acuda el hombre, su criatura terrena, y se cierre ese círculo paradójico que anhela la vuelta a la Unidad. Estos venerables minaretes, que se alzan verticales, paralelos, y confluyen en el firmamento, esbeltos como obeliscos, parecieran, o se intuyen, sensibles filamentos conductores de la luz de la sabiduría, absorbida por ellos del pasado, de la historia, del cielo y hasta del viento del mar y del desierto.

De tales premisas ¿no habría de ser al-Qarawiyin su materializada conclusión? En esta gran mezquita convergen, como sucedió en la de Córdoba, devoción y cultura; sólo que, como universidad, es la más antigua de occidente. De todo occidente. Está flanqueada por cuatro madrazas que aparentan escoltarla: Cherratin, Seffarin, Misbahiya y al-Attarin. No podemos cruzar ninguna de las 16 puertas de entrada, porque no se autoriza la visita a los no musulmanes, pero sabemos que cuenta con 270 columnas y que tiene cabida para 22.000 fieles. Unos dicen que se construyó en el 857 y otros en el 859; no obstante, sobre lo que no hay vacilación es de que se hizo a expensas de la qairuaní Fátima al-Fihri.

La mezquita ha sido ampliada y restaurada por varios sultanes a lo largo de su dilatada existencia, para adecuarse a las necesidades que se han ido generando, como edificio en el que concurren oratorio y universidad. Su biblioteca supera los 30.000 volúmenes, de los que un tercio son manuscritos muy antiguos. Frente a una de las puertas de al-Qarawiyin, Bab Chammain, Abu Inan levantó una torre consagrada al estudio de las estrellas, un observatorio astronómico, separada de la universidad aunque complementaria a ella, desde la que también se daba la alarma si se declaraba un incendio. Ahora está cerrada, pero está previsto que se convierta en un museo, el de los astrolabios.

Madrazas, alminares, mezquitas, baños, mercados... es irremediable, por fortuna, que resuenen ecos de Córdoba y Granada, de Estambul, Bagdad o Samarcanda. Sin embargo, esta ciudad que plasma en estuco y cedro las ansias de hermosura de los habitantes, súbditos de su belleza, es tan singular que está investida de aura, que exuda un prodigioso vapor que la preserva y la atesora. Una ciudad donde, desde los angostos espacios de sus callejas -la telaraña-, el tiempo lo marca una clepsidra. No importa que, arruinada, desapareciera. Las pulsaciones de esta telaraña se adaptaron a perpetuidad a su cadencioso ritmo, el de la frescura del agua. Una ciudad de la que los tunecinos, con razón, dijeron: "Allah conceda el paraíso a los fesíes, y a nosotros Fez".


[1] Porres Martín-Cleto, Julio. “Historia de Tulaytula”, Editorial Ledoria, 2004.

martes, 7 de julio de 2009

La Alhambra, estática nave del esplendor


Por José Manuel García Marín
    Hay actos que no requieren una previa disposición de nuestra parte; menos de los que pensamos, sin duda, pero aceptaremos que no se necesita una actitud especial para entrar -pongamos por caso- en una galería comercial, un estadio o en un super-mercado. Sin embargo, incurriríamos en un grave desacierto, si adoptáramos la misma conducta, al visitar aquellas obras que el hombre ha erigido como monumentos a lo más venerable de sí mismo, a lo sagrado.
    Es cierto que es difícil escapar a la influencia del apresuramiento en que vivi-mos, pero merece el esfuerzo evitarlo, porque la vorágine de premura constriñe nuestra mirada a un mero examen, un sencillo ojear, e impide toda contemplación. ¿Podemos adentrarnos en ese Arca de Noé de la Historia, que es la Alhambra, con tal ligereza? ¿Es admisible subir a bordo de esa nave que tiene un bosque por mascarón de proa, dedicán-dole uno sólo de los sentidos?
    La ausencia de ceremonia, aquí, trivializa el alcance de sus finalidades y se torna irrespetuosa, insolente. Claro que, transgredir la norma, lleva implícito el castigo: no escucharemos su latido, ni sus ritmos, ni percibiremos sus armonías. Debemos ajustarnos, primero, a lo cronológico y comenzar por la fortaleza, que no es más que eso, pero que muestra orgullo de adarves, de almenas y de alturas que proclaman, desde la Torre de la Vela, el dominio de una urbe cuyo fuego, elemento al que pertenece esta Granada, únicamente atemperan las cumbres nevadas de la vieja Sulayr. Sin embargo, es en esta alcazaba, conforme finalizamos el paseo por el adarve de la muralla, donde -ya se sospecha aquí, acaso se presiente o se huele- tendremos el primer encuentro con el agua de fuentes y alfagras. El agua, esa estola cristalina de su femenino atalaje con que se ciñe, hermoseada de resplandores, de oscuros fulgores en las umbrías o de meteoros de plata cuando, de la luz, exige, inapelable, su feliz desposamiento. 
    Después, atravesada la Puerta del Vino, accederemos al núcleo del conjunto: los palacios. Este es el lugar donde nos desproveeremos del incómodo ropaje de las prisas, por no vulnerar la gracia de la dilación, de la serenidad, que impone el refinamiento con que fue soñada, más que proyectada; creada, más que construida, con la inaprensible delicadeza de un jirón de niebla. Por tanto, lejos de irrumpir, conviene deslizarse al primero de ellos, el Mexuar, en el que se impartía justicia, a veces, por el propio soberano. Al fondo, un oratorio con una hornacina que hace las veces de mihrab, y que marca la orientación de la quibla. Presente, entonces, la justicia divina, por encima de la del sultán. 
    El trono, en las ocasiones en que presidía el más alto rango de la realeza, se instalaba encima de las tres gradas del Patio del Cuarto Dorado, entre dos puertas y delante del muro más ornamentado de la Alhambra, para advertir de la categoría de quien, en este caso, la administraba. Dos puertas, una verdadera y otra falsa. Para confundir al enemigo, dicen; pero eso no es más que una lectura prosaica. En realidad es una metáfora de que la verdad y la quimera comparten igual sustancia, ¿o es que tan enceguecidos andamos, que no vemos corvetear, en gloriosa algazara, micras de oro en los corpúsculos del aire? Mientras, un mínimo surtidor germina, insinuando rumores de alabanza.
    De la discreta penumbra de los pasillos que, en recodos, nos conducen al segun-do palacio, el de Comares, surgimos al Patio de los Arrayanes, donde la cegadora luz hostigará sin piedad nuestras pupilas. Y es que ésta es una advertencia material -la oscuridad es a la luz, lo que la ignorancia es al Conocimiento- de que el protocolo es ineludible, porque, si lo incumplimos, se repetirá, en lo espiritual, idéntico efecto des-lumbrador en el Salón del Trono. 
    La mansedumbre de la alberca, sobre la que no se vierte el líquido de sus fuen-tes, sino que con suavidad se deposita, para no provocar ondas, acapara la atención del visitante. En el acuoso espejo se refleja la imponente torre, representativa del poder terrenal, y el cielo, imagen del divino. Una y otro concurren en el fluido recipiente, con el propósito de anunciar la alta dignidad de la estancia en que ambos poderes se reúnen, acreditando, de este singular modo, la autoridad del monarca. Luego si se trata de una cámara sagrada, como atestiguan sus medidas, de proporciones áureas, acataremos el ritual, destinando unos momentos a admirar la curiosa bóveda de barca invertida de la Sala de la Barca, antesala de compensación de opuestos, preparatoria, a fin de atravesar las tinieblas del desconocimiento hacia la luz de la sabiduría, sin que el relámpago encandilador de ésta pueda confundirnos y haga incomprensibles, para nosotros, los secretos de una cúpula cósmica. Cósmica, sí, cuajada de estrellas; pero también mística, en la que está contenida la imagen de los siete cielos, y un octavo, la cupulina, que es el trono de Dios. 
    Para quien no ve, pues sólo mira, pasarán desapercibidos -insertos en las diagonales del techo, de base cuadrangular- los cuatro árboles del paraíso musulmán, cuyas raíces se hunden en el séptimo cielo, donde se inician; el tronco atraviesa otros cinco y las copas descienden hacia el más terrenal: el primero y más próximo al espectador. 
    En toda la Alhambra, la arquitectura y el encaje labrado de sus muros son cómplices de los poetas áulicos, para mostrar su inefable legado. De esta manera, la síntesis del pensamiento, volcada a palabras, queda grabada en las paredes, si bien aquellos conceptos o abstracciones intraducibles, que trascienden la razón, judíos, musulmanes, cristianos, siempre orientales, pero con la especial capacidad andalusí de arracimarlos en sublime eclecticismo y añadirles la propia creatividad, el genio de la tierra, son expresados mediante símbolos, en su mayoría geométricos, de los que los azulejos son su principal vehículo. La multitud de variantes que se inician en estrellas de ocho puntas, constituye un auténtico alarde del dominio de los cuerpos geométricos, de los volúmenes y de las matemáticas. Desde las fajas, desafiantes, provocan ser descifrados, plasmados en un entramado sin fin, un caleidoscopio inagotable, desde el que asaltan planos en tres dimensiones, cuando se les suponía dos, no obstante unidas, las estrellas, por líneas que se entrecruzan. Tal vez infinitos los senderos. ¿O es una que las circunda a todas, mos-trando el camino de regreso a la Unidad, de donde partimos? Y es que los azulejos son un trampantojo que oculta, con la seducción de la belleza, la sabiduría, indigna de aquél que desatiende.
    Asumido el requisito de interpretarlos o, al menos, con espíritu receptivo, abordaremos el tercer palacio, el de los Leones, configurado en torno a los cuatro jardines que disfrutará el creyente, cuando se libere de la grosera materia: el Jardín del Corazón, el Jardín del Espíritu, el Jardín de la Esencia y el Jardín del Alma, bordeados por cuatro ríos, que delimitan aquellos, y que manan de las fauces de los doce leones, animales solares, de la fuente de su centro. Otra vez el fuego. De nuevo el agua. Dos elementos contrarios de los que brotan el calor y la vida. 
    En el patio observamos la exactitud, la racionalidad, la perfecta ordenación de las columnas; hasta que, de repente, descubrimos que estamos, quizá, en trance hipnótico, y que éstas forman una falsa simetría, que el espacio es menor de lo que juzgamos a simple vista, como si se dilatara y contrajera a voluntad; que, acaso, las masas no necesiten ser sustentadas. Incluso, es posible, que los fustes sean marfileños, más que marmóreos. Nada es lo que parece. La especulación de las sensaciones, los vislumbres de universos infinitos en la Sala de los Abencerrajes, el éter derramándose en la Sala de los Reyes, la música de las esferas en la de las Dos Hermanas, el Mirador de Lindaraja, que propicia el desvarío de las pupilas. Todo, en fin, en este ilusorio lugar, provoca la locura, el delirio, la enajenación, el desconcierto de nuestras convicciones, el estallido de las certidumbres. Sólo puede librarnos del caos la salvadora brújula, el compás orientador de la Fuente de los Leones, que señala los puntos cardinales de nuestro interior. Pero ¿y ese júbilo que nos inunda? 

        «Jardín soy yo que la hermosura adorna;
        sabrás mi ser si mi hermosura miras...»

    Es hora cumplida de saborear, ensimismados, el frescor de los surtidores del Generalife en el Patio de la Acequia, acudir al encuentro de las deliciosas alfombras de arabescos de los arriates previos al Patio de la Sultana, escuchar el alborozo del agua, en los múltiples caños de los jardines altos, y subir por la iniciática Escalera del Agua, atentos a su eterna sinfonía.
    Nada nos resta, tras el Paseo de las Adelfas, más que salir en silencio. El silencio a que nos obliga la dulce embriaguez de las oscilaciones originadas por el transcurrir de olas de siglos, porque ¿qué hace un barco varado en lo más alto de la ciudad, sino navegar sobre piélagos de tiempo? 


miércoles, 8 de abril de 2009

La espada de Miramamolín

En estos momentos, en los que la crisis económica flamea amenazadora y victoriosa y parece amargar cualquier orden de la vida, es necesario evadirse echando mano de placeres como el de la buena literatura, uno de los mejores, duraderos y baratos que conozco. Por fortuna, aún hay escritores que escapan al simple entretenimiento, capaces de narrar una historia con enjundia en el contenido y sabor en la palabra. Este es el caso de Antonio Enrique quien, con esa reconocida calidad suya, nos brinda ahora un nuevo título: «La espada de Miramamolín», publicado en Roca Editorial.

El personaje principal de esta novela histórica, don Carlos Fernando de Austria, hijo natural de Felipe IV y, por tanto, hermanastro de Carlos II «el hechizado», relata sus días desde el instante en que es enviado (exiliado, en realidad) a Guadix, con un acta de canonjía seglar por designación regia, en compañía de su hija, Mariana; ocasión ésta en la que el rey le regala la espada con que jugaban en la infancia, justo antes de su partida.

A través del canónigo se describe todo el paisaje de la época, tanto del Alcázar de los Austrias, con una Corte poblada de personajes extraños, comenzando por el propio monarca, en un ambiente enrarecido por las intrigas y el consumo de láudano, como el de Guadix, poderosa sede episcopal, donde se acumularon fuerzas clericales para estrangular las esperanzas moriscas de aquellas tierras, con el beneplácito y cooperación de la retorcida sutileza inquisitorial.

Del rey hechizado, el autor, a base de profundizar en el estudio de los innumerables datos con que se ha documentado, elabora un perfil psicológico estrechamente unido al físico, del que ofrece tan detallada relación que se hace inevitable la aparición de su figura, de su imagen viva, en la mente del lector, con independencia de la voluntad de éste. Y es que, como Antonio Enrique asevera: «La atmósfera -el sabor, el entorno, el olor- es imprescindible; si no, es leer en crudo. Hay que ‘instalarse’ en el pasado...». De este modo viene a lograr, cuando se le antoja preciso, que determinadas escenas huelan a cortinajes de terciopelo añoso, a tapices, alfombras y a cámaras y antecámaras poco o mal ventiladas; que se llegue a sentir la pesantez del aire palatino, a cuya densidad no sólo se refiere, sino que compara con un espíritu viviente.

La novela, además de la estructura propia de su género, contiene un detonante, un contraste y un eje de simetría. El detonante es el argumento que le sirve de base: la ocurrencia de repetidos episodios en los que se escucharon lamentos o gritos en campo abierto y que, al acudir las gentes, nunca se encontró a nadie. Es conveniente advertir que estos sucesos están recogidos en el Archivo Histórico Nacional y que, dado lo inexplicable del fenómeno, el Santo Oficio sospechó que se debía a moriscos recalcitrantes, que volvieron tras la expulsión. Averiguar el asunto es el difícil papel del personaje principal.

El contraste está representado por la ensambladura de extremos que se dirían contrarios y que son, sin embargo, convergentes. Irenea, la jovencísima hija de Azucena, la sirvienta, llamada también la «hija del querubín», pequeña, morisca, aniñada y de baja condición social, con el canónigo, mayor y de sangre real, en sublime y casta simbiosis. Una relación quimérica que, precisamente por ello, despierta inquietud e interés.

El eje de simetría, en imaginaria presencia, se asienta sobre el paralelismo de lo acústico de los lamentos ilocalizables, equiparado con la mirada del espejo de «Las meninas», de Velázquez, cuadro en el que el autor se detiene para subrayar la trascendencia del punto de fuga y la amplitud de la circunvisión del pintor, capaz de contener al espectador. Los gritos no se dan donde suenan, y, en el espejo, los personajes están fuera del lienzo. Acaso pudiéramos considerar este brillantísimo recurso, como una respuesta literaria a la plástica del famoso cuadro.

Como consecuencia del espléndido dominio de los elementos de fondo: ropajes, calzados, muebles, alimentos y usos, seglares o eclesiásticos, del siglo XVII, unido a su magnífica prosa cincelada, si es importante lo que relata, tanto o más es cómo lo relata. Por dichas razones, «La espada de Miramamolín» no es un libro para leer en el avión; es una novela de viejo sillón de cuero con orejas, despaciosos sorbos de buen coñac en copa caliente y gruesos leños ardientes en la chimenea, sumidos, plácidamente acomodados, en la elegancia de la lentitud.



domingo, 15 de marzo de 2009

El puente "IKEA" de Córdoba


Informe de ICOMOS sobre el puente romano de Córdoba. Como puede leerse al final del mismo, se conmina a las autoridades en general a que se comuniquen futuros proyectos antes de que se comiencen las obras, y no cuando éstas están ya muy adelantadas y no tienen solución. Este informe, sobre la barbaridad realizada en dicho puente, hecho con posterioridad, trata de defender la estupidez con argumentos peregrinos, quizá para apaciguar la indignación ciudadana de los cordobeses (aunque no es necesario ser cordobés para indignarse), que han visto cómo un símbolo de su patrimonio (que es de todos) ha quedado convertido en un monumento a la idiotez y al mal gusto.
El informe puede leerse en este vínculo:
http://media.grupojoly.com/0000023500/0000023552.pdf

viernes, 27 de junio de 2008

Crítica en La Opinión de Granada, por Carlos Navarro

Sábado, 7 de junio de 2008 La Opinión de Granada

La magia de la Alhambra

Después del triunfo alcanzado con 'Azafrán', el escritor malagueño José Manuel García Marín se propone en su nueva novela transmitir, a través del minucioso recorrido por uno de los rincones más cautivadores del Generalife, la atmósfera sagrada e inconfundible que consiguieron crear los nazaríes.

Ascender por el agua

Una recreación de la Granada nazarí permite, a través de un rincón señalado del conjunto de la Alhambra, desentrañar un mito del arte

Carlos Navarro

Si se visita el Generalife, casi al final del recorrido, el encuentro con la escalera que asciende hasta el Mirador romántico deja huella imborrable en el recuerdo. Este ascenso es una mezcla perfecta entre funcionalidad, mística y arte.

Desde hace tres años se espera­ba como agua de mayo la siguiente obra de un autor malagueño apa­sionado por la temática andalusí. Su anterior novela, `Azafrán', fue un éxito de críticas y ventas, describiendo con profusión de detalle variados en­tornos del Al-Ándalus del siglo XIII. La espera ha terminado, y ha me­recido la pena.

`La Escalera del Agua' narra la com­plicada existencia de un joven de Las Hurdes, que se ve abocado a un viaje sin retorno en la España de la posguerra en busca de algún futu­ro, huyendo de su pasado inmedia­to -comete un asesinato al defender a su hermana de un violador- mien­tras trata de recuperar las huellas de su pasado más lejano -desciende de los moriscos expulsados de sus tie­rras en los siglos XVI y XVII-. Tal viaje iniciático llevará al personaje protagonista, Ángel Castaño Cres­po, desde una recóndita comarca cacereña a Toledo y a Granada.

La estructura de este libro es bas­tante sencilla. Se divide en seis ca­pítulos, en cinco de los cuales se nos muestra la evolución del personaje y su entorno durante el siglo XX: su analfabetismo inicial, su posterior formación tanto intelectual como humana en el Convento de San Juan de los Reyes, y el ilusionante des­cubrimiento del amor, así como su formación y crecimiento en el ám­bito laboral.

En los capítulos restantes nos en­contraremos con la huida de los ancestros del protagonista tras la ini­cial expulsión de los moriscos de Gra­nada en el siglo XVI y el posterior edicto de 1609. Tras una apresura­da salida de Talavera de la Reina en una peregrinación forzosa en busca de Portugal, optan por asentarse en Las Hurdes con la esperanza vana de que la persecución que sufren lle­gue a su fin.

Cabe destacar la inmersión en la trama a la que se ve arrastrado el lec­tor en algunos pasajes del libro. En concreto, el capítulo inicial, que des­arrolla la miserable vida que lleva la familia del protagonista y sus co­nocidos en Las Hurdes, es de una ri­queza y de un gusto por el detalle de gran calidad, algo que se tiende a ob­viar en bastantes relatos actuales de supuestos grandes autores.

Asimismo, también es muy des­tacable el capítulo dedicado al éxodo de los moriscos del siglo XVII que les conduce a Las Hurdes. García Marín recrea con una prosa exqui­sita, preñada de términos enrique­cedores, tanto el inclemente entor­no que envuelve a la comitiva como a los propios protagonistas.

Gran parte de la evolución per­sonal del personaje central se des­arrolla en Toledo, ciudad a la que el autor homenajea en esta obra con deslumbrantes descripciones, que hacen realmente sencillo sentirse paseando por el casco antiguo de la ciudad imperial.

Granada también tiene su parcela en esta obra, aunque con menor de­talle, sobre todo mediante la Alhambra. De hecho, el título de este libro hace referencia a una zona con­creta en el Generalife. En cuanto a los personajes, son atrac­tivos, están suficientemente bien des­arrollados y aportan una enorme so­lidez al conjunto.

Al acabar de leer La Escalera del Agua, el lector recibe dos mensajes. El pri­mero, la tremenda injusticia que se cometió con los moriscos en España: verdaderos españoles aunque de religión musulmana. El segundo, la capacidad de superación del ser humano, en este caso el protagonista, Ángel Castaño. Y un añadido: cuan­do terminas el libro también tienes la sensación de que has aprendido mucho, tanto de historia como de lé­xico antiguo.

En resumen: una novela históri­ca bien documentada, que no pre­tende ser absolutamente fidedig­na, relativamente fácil de leer, en­tretenida y enriquecedora, con algunas licencias a la divagación que no desmerecen en absoluto el re­sultado final.

Si les gustó `Azafrán', `La escale­ra del agua' les parecerá una lectu­ra más completa, más desarrollada e incluso más amena. Si no leye­ron dicho libro, al terminar éste pro­bablemente tengan ganas de leer el anterior.

lunes, 12 de mayo de 2008

Presentación de La escalera del agua, por José Luis Serrano


Les presento a un escritor

Dotado de un instinto proverbial para captar las luces subterráneas, José Manuel nos ha traído en esta segunda novela no tanto el peso de lo que fue El Ándalus, sino el pálido pero difundido resplandor de lo andalusí hoy. No tanto una nación de tantas extinguidas por el vendaval de la historia, sino una de la pocas civilizaciones que nos constituye. Somos andalusíes como somos griegos y pocos adjetivos nacionales o identitarios me atrevería yo a añadir a estos dos. Sin embargo, a pesar de esta fuerza telúrica de El Ándalus (o acaso por ella) es preciso un zahorí para encontrar las aguas subterráneas en este siglo. Y García Marín demuestra por segunda vez -ya lo hizo en Azafrán- que tiene el poder de la rabdomancia. Les pondré un ejemplo de la rabdomancia del escritor malagueño.
Podemos proponer tres miradas sobre la escalera del agua del Generalife. La primera diría que sirve para comunicar el palacio con un pequeño oratorio situado en lo alto de la colina. Había que hacer una escalera y un alarife la hizo.

Una segunda mirada nos mostraría ya la escalera del agua con su elemento cultural añadido a lo funcional: el ascenso desde el palacio al oratorio está interrumpido y suavizado por dos descansillos de planta circular con fuentes bajas en su centro, está acompañado por unos pasamanos que son dos canales encalados hechos de teja y ladrillo por los que baja el agua de la acequia real y está cubierto y refrescado por una bóveda de laureles. La escalera servía así para las abluciones previas a la oración y, de esa manera, se convertía en el sahn que toda mezquita requiere. Desde esta segunda mirada veremos pues que la escalera de agua es toda una lección arquitectónica de lo que fue nuestra cultura en siglos pasados: la cultura capaz de hacer con elementos baratos un templo de armonía.
La tercera mirada es la de José Manuel García Marín. No lo cuenta en la novela, pero una mañana del pasado otoño nos lo explicó a Andrés Sopeña y a mí. José Manuel ha observado que si en cada escalón nos detenemos y acercamos el oído al pasamanos por el que desciende el agua, oiremos una escala menor natural: la si do re mi fa sol la. No es sólo cultura que suaviza el ascenso, es una civilización discreta y profunda que parece tutear a los dioses. En algunos escalones notaremos que no se oye la nota que esperábamos oír. Hay dos explicaciones: la primera recordaría que todo alarife nazarí cometía pequeños errores de cálculo para dejar la perfección a Dios. La segunda diría que la escalera del agua ha sido sometida en los últimos siglos al torpe toqueteo de humanos que en ningún caso alcanzan a intuir ni siquiera esta tercera mirada.
Terminaré diciendo que es más fácil presentar un libro que presentar a un escritor. Los libros hablan por sí y de lo que habla cada libro es fácil volver a hablar. Con los escritores parece que nos quedara el camino fácil de la biografía, pero no es así. Primero porque la biografía es un género literario difícil de cultivar y que dice más del biógrafo que del biografiado y, segundo, porque no está claro que a la literatura le interese para nada el yo biográfico del autor. Así que, sin más, de la misma manera que hace dos años presentamos un libro Azafrán, ayer en el mismo lugar, presentamos a un escritor: José Manuel García Marín.

jueves, 17 de abril de 2008

Presentación de "La escalera del agua", por Luis Eduardo Siles, en Huelva


MORISCOS DE BUENA PROSA

La discusión se ha insta­lado en torno al futuro de la novela en España. Eduardo Mendoza asegura que “se está acabando la época de la literatura de sofá”. Y José María Guelbenzu for­mula una advertencia: “En la novela existen señales claras de cambio, estamos esperando a los bárbaros”. El propio José María Guelbenzu afirma que “antes se escribía desde el co­nocimiento y ahora se escribe desde la información”. Y en medio de todo está la polémi­ca sobre lo que se ha denomi­nado `novela mestiza'.

José Manuel García Marín, autor de 'La escalera del agua', ha escrito una nove­la/novela, entendiendo por ello el cuidado por el estilo, una estructura tradicional del relato y una inmensa capaci­dad de narrar.

Porque José Manuel García Marín, efectivamente, narra, cuenta historias, una cualidad que se está perdiendo. Y en esa capacidad narrativa se ad­vierte la amplia formación de escritor de García Marín forja­da en base a muchas y buenas lecturas, entre otras cosas de novela histórica, género al que pertenece `La escalera del agua', y también de los clási­cos. Porque Ángel, el protagonista de “La escalera del agua”, un mu­chacho de 14 años, podría haber sido un pícaro, de hecho en su peripecia en sole­dad por los campos de Extre­madura tirando de un burro cargado de madera se las tiene que ingeniar como buenamen­te puede para comer algo, pero finalmente vence en su vida el afán enorme de apren­dizaje, de saber, sobre otras fórmulas más sencillas y menos decorosas de matar el hambre. Ángel es el antipíca­ro, aunque esté recreado por el autor con un estilo, en oca­siones, picaresco.

La novela está viva. Los per­sonajes pasan calor, como en el episodio de los moriscos, y el lector termina por sentir ese calor. Para ello, ya está dicho, el autor se vale de la buena es­critura, de un relato realista con algún hermoso despunte mágico, y de unas excelentes descripciones. Como la que en­contramos en la página 115, por ejemplo: “Los del pueblo lanzaban ojeadas curiosas a los extraños; pero un hombre, larguirucho, cenceño y nervio­so, observaba a .Alonso con in­sistencia, desde su mirada ma­liciosa, bajo las crecidas cejas. La boca abierta, bobalicona, detenida en una mueca estúpi­da. Era Nemesio, más conoci­do como el Jineta por las ca­racterísticas físicas que insinua­ba el remoquete”.

José Manuel García Marín nace en Málaga en diciembre de 1954 y desde hace cinco años se dedica por entero a la literatura. Es un consumado especialista en la historia de ‘Al Andalus’, al que dedicó su primer libro, el ensayo titulado `Al-Hamrá. Pero despuntó como autor con la novela ‘Aza­frán’ (Rocaeditorial 2005), con la que alcanzó cinco ediciones y obtuvo un éxito muy supe­rior al que se esperaba. `La es­calera del agua' es, pues, su tercer libro.

José Manuel García Marín escribe desde el conocimiento: Desde el estudio. Sin duda se trata, repetimos, de un gran lector, que traduce sus conoci­mientos a un espléndido cas­tellano clásico: En los diálogos y en unas descripciones riquí­simas. La lectura de `La esca­lera del agua' nos ha permiti­do descubrir a un autor. En el pleno sentido de la palabra. En el que Whitman, refirién­dose a uno de sus libros, dijo: “Esto no es un libro, quien vuelve sus páginas toca a un hombre”.

Luis Eduardo Siles